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SEK. 29-03-2020

A TODA LA PROVINCIA, JESUITAS Y COLABORADORES

Carta Provincial SJ

El Padre Provincial de la Compañía de Jesús nos hace llegar estas palabras de aliento y ánimo para tod@s.

En el mes de febrero de 2020, nadie podía tener previsto ni imaginado que una pandemia así nos afectaría tanto. Las posibilidades de que ocurriera eran remotas y se asemeja al optimismo en los años antes a 2008, cuando ya los expertos avisaban de riesgos a los que no se hizo caso. Desde hace casi ya dos semanas, hemos ido entrando en esta espiral. Cuando me levanto, noto que han cambiado totalmente mis  rutinas  y  me encuentro del revés. Ya no tengo visitas a las comunidades u obras, ni salidas fuera de la casa, ni paseos por la ciudad. Supongo que a todos nos pasa exactamente lo mismo y tratamos de llevarlo lo mejor posible y cívicamente. Y con noticias directas de que hay entornos donde se está llegando  a puntos  dramáticos y  de fuerte  debilidad.

 

Quisiera expresar a toda la familia ignaciana, con sus diferentes formas de relación y vinculación, a cada persona que se acerca a nuestras obras apostólicas, sociales o educativas, a todo el personal y a mis hermanos jesuitas, que estamos llamados a recoger las experiencias que vamos viviendo desde el agradecimiento por tanta generosidad ante los diferentes efectos perniciosos del COVID. Tanto la espiritualidad ignaciana como la visión universal  a la que se nos invita, pueden  darnos  sentido en estos  momentos.

 

Lo primero que os quiero decir es muy sencillo:  gracias.  En  estos momentos donde se han sucedido informaciones en escala cada vez más preocupante en España y en el mundo, se han activado formas de comunicación telemática entre nosotros. En cada mensaje o cada llamada, hay un interés genuino por otras personas, por sus familias, por la salud de los que están en el "frente" sanitario o estratégico, por la continuación de las actividades de forma digital. .. La colaboración ha sido máxima y aparece un sentimiento natural de fraternidad, solidaridad y compasión natural ante el dolor, especialmente, de los que sufren directamente esta enfermedad o que incluso han partido hacia Dios de forma brusca y solitaria. Gracias por mantenernos en contacto dentro de las diferentes obras, plataformas y sectores, gracias por atender llamadas solidarias, gracias por innovar en el modo de cuidado del alumnado, de las personas migrantes, de las personas mayores, de los niños y adolescentes en acogimiento residencial y de tantas personas que cuentan con tiempo y tienen sed de Dios y de Jesucristo. Gracias porque ahí encontramos el corazón de lo que somos. Es el eco de la petición de Ignacio de Loyola para estos tiempos: "conocimiento interno de tanto bien recibido (incluso en medio de contradicciones), para que yo enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad' (Ej. 233).

 

Desde esa v1s10n profunda, estamos, como laicos o laicas y como jesuitas, llamados a volver a aquello que fundamenta nuestras vidas. Entre antiguos alumnos, alumnado actual, familias, voluntarios y todo el personal nos encontramos paralizados por fuera, quizás, pero no por dentro. Es ahora cuando se puede mostrar nuestra alma ignaciana que impulsa a cada una de las actividades que hacemos por  el  bien  común, unos  en la sanidad, otros en suministros, otros en producción,  otros en la espera  solidaria, en el estudio y la investigación, en la educación, en la ayuda puntual, en la oración silenciosa e imperceptible o en la eucaristía que nos sigue uniendo en la distancia. El "principio y fundamento" se establece sobre la contemplación como seres amados por Dios, con todo lo que somos y tenemos, desde nuestra limitación siempre humana y real, ahora herida por un diminuto e imperceptible germen. Ese sólido cimiento se puede fotialecer estos días en el silencio, en ver "cómo Dios me mira" (Ej. 75) sin juzgarme sino llamándome a articular la libertad. Por ello, es  preciso  ahora  cuidarnos, preocuparnos, transcendemos y hacernos responsables en la medida de nuestras fuerzas. Todo esto es la clave ignaciana que nos une y en la que ahora nos toca ahondar y progresar para el bien del  mundo.

 

Finalmente, todo lo vivido o aprendido en entornos jesuíticos  nos lleva a  ampliar la mirada y hacerla universal. En nuestras sociedades se ha instalado el miedo  a lo extraño y se han ideado diferentes formas de barreras para territorios, para culturas, para sistemas . . . Quizás necesitamos incluir, entre las prioridades diarias, aprender a construir una dinámica más internacionalista y menos plagada de localismos encerrados en lo seguro. Ahora los estados nacionales están saliendo al paso de la crisis. Cuando toque a países con menos vertebración política y económica, probablemente el  drama se acrecentará  mucho más.

 

Para solventarlo solo el concierto abierto y solidario entre todos y todas puede organizar acciones globales más justas y responsables. Las ideas del pasado basadas en fortalecer las organizaciones internacionales llevan años de debilitamiento que ha provocado una tensión mayor entre potencias y una inseguridad mayor a escala mundial, que hace daño a los más pobres. El discernimiento puede ofrecer un talante abierto y que explore fórmulas nuevas, superando el estatalismo cerrado en sí mismo. A cada uno le toca dar lo poco que tiene, como la viuda que observó Jesús en el templo, imagen plena de quien sale de sí mismo  (Le 21,  1-4).

 

Aunque es pronto para saber qué pasará, se acercan tiempos complicados por el parón económico, por el efecto dominó cercano, por el más que posible aumento del desempleo y por la lentitud de las medidas en todos los campos desde el político al social. Las personas más afectadas, por todo ello, deben estar en nuestra mirada, en nuestro corazón y en nuestra acción futura. Cuando empecemos a remontar serán ellas las más dañadas y a las que deberemos acompañar en línea con la opción 5  del  Proyecto Apostólico  de Provincia.

 

Para el mundo es un terreno inexplorado. Precisamente, y debido a ello, desde diversas claves ignacianas como el examen, el discernimiento en común o el trabajo en equipo coordinado podremos ofrecer una lectura creyente. Termino con esta invitación del P. General, Arturo Sosa, a una oración más universal y comprometida: "Me uno a la oración de todo el cuerpo de la Compañía de Jesús, de la Iglesia Católica, de las iglesias cristianas, de otras religiones y creencias como de todos lo que con su actitud solidaria buscan y encuentran modos apropiados de seguir echando una mano". Como mundo dolorido en momentos de incertidumbre, ojalá sintamos más de cerca a la humanidad y, por medio de ella, al mismo Dios de   Jesús.

 

 

Un abrazo a todos,

 

 

 

 

Antonio  J. España Sánchez, S.J. Provincial  de España

 

 

 

 
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